Hace muchos años, un emperador chino, preocupado porque veía venir la muerte, decidió hablar con su hijo para que eligiera una esposa. La futura emperatriz debía ser una mujer muy virtuosa, por lo que el padre convocó a muchas jóvenes.
Al poco tiempo, muchas muchachas se presentaron. El emperador dio una semilla a cada una y les dijo:
-Ustedes deberán sembrar esta semillita y la tienen que regar y cuidar hasta que crezca. Deberán regresar en la primavera y la que tenga la planta con la flor más hermosa se convertirá en la esposa de mi hijo.
Sheila Lee era una de las jóvenes candidatas, y al llegar a su casa tomó la semillita y la sembró. Pasaron algunos días y nada sucedía. A pesar de que la regaba diariamente, no brotaba ni siquiera un solo tallito. Muy entristecida, volvió al palacio el día y la hora indicada. Más grande fue su pena cuando vio que todas las candidatas llevaban entre sus manos una planta con diferentes flores, frescas y muy hermosas.
El emperador pasó entre todas las damas y elogió las hermosas flores que llevaban. Cuando llegó junto a Sheila, quien cabizbaja y melancólica vio que los ojos del emperador brillaban, éste le dijo:
-Amada niña, tú te casarás con mi hijo y serás emperatriz.
-Pero, majestad, si mi semilla es la única que no ha florecido –dijo Sheila.
Y el emperador respondió:
-Sí, porque todas las semillas que repartí estaban tostadas y ninguna podía florecer. Así que, por tu honestidad, te elijo como la futura emperatriz.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado, espero les gusté.
CHRISTIAN GABRIEL